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Michel Foucault

La agonía de las humanidades y la pandemia del Covid-19

Divagaciones en la hora azul

Publicado: 2020-03-29



Refugiados en nuestras propias casas, arrojados a un insólito tiempo propio, agobiados por la incertidumbre, los que enseñamos en el campo de las humanidades nos sentimos más inútiles que nunca. Sin embargo, ese desasosiego puede ser el impulso agónico para formular paradojas, sembrar aporías, cuestionar el camino trazado por la necesidad y la utilidad.

¿Dónde está el espacio público en estos tiempos de pandemia? ¿Acaso en los grupos enloquecidos del whats app, en la diaria conferencia de las figuras del gobierno, en las estadísticas globales del Covid-19, en los memes virales? El torbellino de la mediatización y el scroll infinito de las redes a/sociales han creado un incesante aleteo virtual hacia la nada, una velocidad asombrosa que nos conduce hacia lo insignificante, una y otra vez: el click como unidad mínima del ser, el like como expresión del pensamiento.

El espacio público puede ser visto ya como un viejo fetiche de ancianos, pero es la condición de posibilidad del diálogo, la interpretación y la crítica (perdonen la nostalgia por estas antiguas palabras). Ahora que la presencia del Estado se multiplica y la de la sociedad civil disminuye, pues la máxima autoridad política posee automática legitimidad y los ciudadanos no somos más que poblaciones gobernadas por estadísticas y controladas por policías y militares, retorna el biopoder clásico en todo su esplendor.

El cuerpo popular trasgresor es disciplinado con ejercicio físicos -exigidos por panzones policías- o con latigazos por comuneros, heraldos de la justicia popular. En los medios, sigue campeando el modelo narrativo audiovisual del "ampay": te descubro cometiendo una conducta "inmoral", inicio el linchamiento mediático, y así legitimo y reafirmo mi propia "decencia" y la de mis televidentes. Mero sensacionalismo viral. ¿Por qué aceptamos esto con pasividad o incluso alegría? En tiempos de miedo, entregamos libertad y derechos por orden y control, pero en países como el Perú terminamos reforzando el poder de un Estado clasista que está convencido de que hay que pegarle duro al otro, al débil, al marrón, al pobre.

La Naturaleza no tiene moral, un virus no es bueno ni malo, solo busca propagarse al máximo posible, pues ese es su función, su areté. El hombre, orgullosamente antropocéntrico, lo toma como un asunto personal, una guerra contra el teatro de melodramas, simulacros y horrores que llamamos mundo. Por ello, el lema que se repite aquí y allá: “Todos juntos vamos a vencer en esta batalla”.

Como es obvio, el discurso militar y sus metáforas no son precisos ni útiles para enfrentar la pandemia del covid-19. El virus nunca será exterminado completamente. Tendremos que convivir con él. Los humanos debemos generar nuevos parentescos con todos los organismos de la Tierra (Haraway dixit), antes que sea demasiado tarde y la catástrofe ecológica que venimos produciendo con eficiencia acabe con nosotros.

En estos días de pausa y clausura, la desigualdad del Perú se expone con mayor dramatismo. Los pocos, ultrainformados sobre la pandemia, sin urgencias económicas; los muchos, con escasa información, saliendo a trabajar a las calles por los garbanzos diarios. La informalidad no se puede gestionar con inteligencia artificial. Por no haber sostenido políticamente lo público como valor para todos, ahora enfrentamos un probable colapso del sistema de salud, una intensa degradación de la vida y la sociabilidad, un deterioro económico sin precedentes.

Vivimos la hora del hospital, el imperio de la medicina sobre el cuerpo contagiado. Creo en la ciencia, no en rezos y ayunos; respeto el trabajo en condiciones terribles que vienen realizando los sanitarios en todas las grandes ciudades del mundo, pero no quiero un futuro donde se limiten médicamente las interacciones entre los cuerpos, donde el deseo se administre con recetas.

En estas tareas, re-construir el espacio público, cuestionar al poder, pensar desde la cultura la pandemia, imaginar el mundo postcoronavirus, las humanidades tienen que recuperar la palabra. En un país, como el Perú, esa voz debe ser un estruendo para preguntar, imaginar y criticar.

[Amanece en Lima].


Escrito por

Marcel Velázquez Castro

Ensayista y profesor de literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.


Publicado en

La mirada de los gallinazos

Picotazos críticos sobre política y cultura